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  • Simplicio Villarreal

Tabiques que voy juntando

Updated: Jan 20


Voy agregando tabiques, es lo único que sé.

A veces uno o dos, a veces llevo tres, y como todo, hay días que llego sin nada que agregar. Claro que algunos se derrumban o se machucan en el camino, ya porque me descuido y los dejo caer o porque uno contra los otros chocan y se despostillan.

Traigo conmigo tabiques y los voy acomodando, pero no tengo un mapa del orden en que deberían de ir, a veces pienso que serviría tener alguna ilustración como referencia, no tengo referencias de tamaños ni proporciones y a veces me llega la angustia aterradora al no entender que porcentaje le pertenece a cada tabique con relación a lo que uno le va a quedar al final. Y pienso que para el día que averigüe esa respuesta ya va a ser muy tarde. Tampoco sé muy bien que lógica tenga el resultado final, no lo sé, aunque intento imaginarlo, a veces saco todo el aire que llevo dentro y encorvo la postura cuando pienso en que nada tiene que ver con lo que hace diez años pensé tendría ya construido hoy. Esas expectativas que mi yo de hace diez años tenía sobre el yo de hoy. Parcialmente se coincide en algunas cosas, por ejemplo la ciudad y sus cristales amarillos que de noche se suspenden en el viento o el tipo de gente que me rodea con sus ambiciones y sueños, pero también es la misma gente, la que abrazo con más cariño hoy quien no se parece en lo mínimo a la gente que me acompañaba la mayor parte de mi tiempo hace diez años. Son realidades tan opuestas y me pregunto que hubiera hecho yo en esos tiempos si de sopetón un día de gloria juvenil me hubiera aparecido en donde ya es mi pasado ante alguien que ya fui, así de cansado, pelón y ya con un poco de cráteres que crecen en mi frente. ¿Qué hubiese dicho ese que tanta confianza tenía del futuro? Aunque era incierto e indescifrable me sentía jinete en un gran corcel, con poca certeza de a dónde iba, pero me sentía ir con zancadas apresuradas y la cara en alto.

¿Qué estoy buscando?

La mayoría aparentan saber qué están contribuyendo con los tabiques que cargan día con día. Y a veces me rio de aquellos impacientes con ojos de ratoncitos que voltean para todas partes para fijarse en la cantidad de tabiques que cargan los vecinos, conocidos o desconocidos, que más da, asoman sus narices para descifrar el color o forma de lo que los demás llevan. Hay algunos a lo que pasan los días y no se les ve, o piden que por favor les ayudes con un medio tabique porque ellos ya se cansan de buscar. Y luego están los incapaces de tomarse un tiempo para respirar, ya saben exactamente a dónde van y que van a hacer con todo lo que cargan, y desde antes de encontrar el tabique ya le tienen un puesto asignado en su modelo tan planeado. Y luego los que se enojan porque les hacen falta los tabiques, pero tampoco hacen mucho por ir a buscarlos. Yo soy de los que llega y pone el tabique en donde más se me antoja, más en el momento que algo premeditado. A veces pienso tener un plan claro de cómo avanzar, pero me distraigo con el habitual remolino de pensamiento que tiende a cambiar el rumbo de lo que creía estar construyendo. Y me emociono con algo nuevo que podría pasar sin en vez de ponerlo en vertical ahora lo pongo horizontal, o en qué pasaría si los pulverizo todos y les agrego agua para hacer una nueva masa gigante que sirva de algo.

Hay tantos y tan diferentes tipos de tabiques en esto que llamo avance, algunos hechos trizas, otros bien paraditos intactos en cada esquina, los hay los que se partieron por mitad y necesitan el apoyo del de arriba para no volverse a separar. Esta desigualdad parece llamar la atención de alguno otros confundidos cuyos avances consisten en el mismo planeamiento espontáneo, algunos curiosos levantan las cejas en admiración, algunos más me ven con esos ojos reprobatorios en lo que ellos consideran una falta de compromiso con mi propia creación, y llego a desesperarme más de lo que me gustaría porque hay tantos tabiques, tan diferentes y tantas maneras de acomodarlos, y entonces se me vence la vista y se me apagan los brazos y busco refugio en tratar de ahora sí encontrar exactamente la fórmula ideal para llegar a no sé donde, pero llegar. Es entonces cuando doy algunos pasos hacia atrás y me detengo para atentamente ver lo que se está formando, y sonrío porque parece un buen camino, y sí, un poco despostillado con sus rajadas y machuques.

Pero son mis tabiques.


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