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  • Simplicio Villarreal

Los Días mas Soleados

Updated: Mar 2


Son estos los meses más pesados, y lo sentimos todos, a veces pienso que yo los siento más que otros, aunque me equivoco por supuesto que lo hago. Estos días tan blanco y negro, tan poca luz por la ventana. A veces me imagino que voy andando por las calles jalando una nube atada a mi espalda con una cuerda en ese punto exacto que nadie alcanza con las manos. Y todo está mojado, las calles, los zapatos, las miradas de los que saben tan bien que no saben hacia dónde caminan. Y cuando más siento que me apago, cuando más creo que el color no vuelve, es que escucho sus voces y de pronto todo se ilumina. Nos recibimos con abrazos y risas, tomamos más café del que deberíamos, compartimos los silencios y los gritos, compartimos en pijamas con las decoraciones de segunda mano que cuelgan de las paredes. Con las decoraciones de nuestras propias manos, un juego de cartas, un asomarse por la ventana con una taza de té. Estar sentado en blanco viendo el gris que se quisiera colar por los cristales, y no importa porque por más húmeda que se nos presente la vida, con ustedes los días siempre están soleados.


Fue algo muy inesperado, yo platicaba de lo típico que se conversa al final de una clase, no buscaba nada en particular ese día. No recuerdo qué había pasado antes o después, y ya qué importa, porque sigilosas, sin anunciarse ni al futuro que deparaba, me encontré con una sonrisa que miraba hacia arriba para después voltear al otro lado y ver una copia exacta pero con tres puntitos. Y ahí empezó. Tú a mi lado, tú a mi otro lado, en esa primera compañía con esas primeras sonrisas, unas primeras plantas que llevé en una caja de zapatos al festejo de su cumpleaños. Ese fue el primer día que vi llover mientras por dentro sentí que amanecía.


Es natural que las cosas crezcan cuando se asoma el sol.

Como cuando uno camina por la playa y entonces hay flores donde antes había un pasto opaco y rendido, y no atinamos de dónde surgieron esas flores tan amarillas. ¿Estaban escondidas debajo de la tierra?

¿Esperando?

¿Qué esperaban?

Así, sus sonrisas, flores amarillas, daffodils que susurran que ya no tarda en llegar el tiempo de poder dejar los suéteres a un lado. Y pronto nos fuimos quitando el frío, y en ese mismo camino de flores encontramos algo que no sabíamos que teníamos. Nos ayudaron esas risitas que se escondían en un pedazo de chocolate, y pasando los minutos el agua se volvía amiga y todo el mundo alrededor se pintaba de colores que nunca habíamos visto. El sol se iba poniendo, el agua se hacía magenta; tú sin zapatos dejabas que la arena se incrustara en tus tobillos, y recargados contra el árbol caído, sonreímos. Cómo no sonreír, cómo no llorar, carajo, al encontrar lo que tanto buscabas y que tan lejano se sentía. Ahí estaban, tan sencillo y liviano, dentro de una taza con una inicial. Y cada sorbo sabe a estar contento.

No tengo una bitácora exacta que trace el camino e intente explicar cómo llegamos a donde estamos. Fueron pasos naturales que no dependían de expectativas, y uno empezó seguir al otro y ahora se ha formado un caminado por el cual, sin darnos cuenta, fuimos derramando semillas que ahora brotan, que se convierten en flores y a veces se llaman memorias o daffodils amarillas.




Es tan fácil ser Feliz a su lado y rebuscar en una refrigeradora las piezas que compongan de una compañía. Una cebolla, algunos huevos y dos patatas se convierten, entre risas y música, en esas semillas que se han ido regando.


Son tantos los recuerdos. Se aparecen como luciérnagas en noche de luna nueva, los bailes en la lluvia, las carreras por los parques en búsqueda de apartamentos, los llantos en el pasillo cuando todos teníamos un corazón roto. Y en nuestras mismas palabras fuimos encontrando un sentimiento que todos compartíamos. Y supimos que teníamos, que nos tenemos, que hay subidas y bajadas pero que con un buen derrame de lágrimas entre una luz tenue, pasada la media noche, poco a poco nos ayudamos a recoger los cachitos del corazón que se nos han roto, y así, nos ayudamos a parchar las heridas con sonrisas y abrazos, con las fotografías instantáneas que marcan lo mucho que nos gusta tenernos cerca. Con caminatas en el bosque, con tomar el bus equivocado, con estar juntos en un balcón leyendo cada quien su libro, de a poco comentando lo que vamos descubriendo. Y cuando empieza a hacer hambre procuramos siempre estar cerca de una cocina.

Y lo feliz que fui al poder verlas llegar al aeropuerto del país que llamo mío, el recorrer mercados, tiendas y en una mano tener un helado. Después recibirlas y llevarlas por las calles que me vieron crecer, que forjaron las bases de la persona que ahora soy. Y qué felicidad el poder compartir esos tequilas y las cantinas baratas, los tacos de la calle, la coalición de mis dos mundos que por una tarde se vieron los unos a los otros, y yo sonreía por la dicha de saber que, si esto no es fortuna, ¿entones qué lo es?

En ustedes me he apoyado y me han rescatado, a veces sin darse cuenta con cosas muy sencillas, como verlas llegar a través de una puerta de cristales pocos minutos antes de saber que ya casi llegaba la hora de quitarme el mandil blanco que me amarraba a un destino del que quería huir.

Es inexplicable la calma que me comparten cuando creía sentirme en una tormenta.

No las quiero, las amo, y amo a la persona que me convierto estando a su lado. Ya sea yendo a la escuela, o en auto rumbo a un refugio de madera encerrado en un bosque donde cantábamos y a carcajadas reíamos, hasta que el auto dio un brinquito y el retrovisor anunció que habíamos extinguido una vida, aunque no la nuestra. Se callaron las palabras, se congeló todo por un segundo, pero estábamos juntos; estamos.

Y en las noches de películas, en las tardes en la playa, en cualquier lugar en donde estemos no importa si es el rincón más olvidado, por algo tan simple como compartir ese espacio con ustedes se convierte en un sitio adorado.

Habrá muchas más lunas nuevas y muchas más llenas. Habrá cambios en los caminos y habrá lo inesperado. Son tantas las flores que hemos sembrado, soy tan feliz del saberme a su lado; no miento cuando digo que en los momentos que más me sentía enterrado, ustedes con el simple hecho de ser ustedes me rescataron.

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